El cielo no parece estar tan lejos
cuando nos comemos el mundo con las ganas
con la inocencia y la fuerza
que únicamente nos dá la infancia.
Con un juguete como máxima pérdida,
y la risa y la felicidad siempre en presente.
Un buen día ves la luna llena brillar
y la infancia te deslumbra cual estrella fugaz,
hasta que de tan alto la pierdes de vista.
Y cuántas noches, borracha de nostalgia
cierras los ojos y echas la vista atrás
para dejarte arrastrar por esa marea de recuerdos,
siempre bonitos, de aquellos que fueron
probablemente tus mejores momentos.
Después despierto, como cuando me dormía plácidamente con un cuento.
Y la vida sigue, a ratos anodina, a ratos maestra
de lecciones que no siempre gusta aprender
de tristezas, pérdidas, alegrías y retos por conocer.
Me niego a creer que ganar sea posible cuando siento que pierdo.
Me lo enseña el tiempo.

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