nada más y nada menos que con el sol.
Y es que ver caer el sol,
pasó de ser algo inadvertido
a convertirse en una gran lección.
Esta partida al escondite fue especial,
pasó de ser el encontrarlo,
al disfrutar mientras lo perdía.
Y lo que a mis ojos eran sólo metros de caída,
a mi cuerpo fueron ganas, calor, sueños y emoción...
Que no, que no hay corriente eléctrica capaz de generar aquella carga.
Me encontraba en una cuenta atrás ineludible...
Pasando del calor al frío,
cada metro abajo, una hora más en mi reloj,
una foto más para el ordenador,
más energía en mi cuerpo
y más próxima la oscuridad.
Y pasaron las horas,
conseguí grabar la mejor foto en mi retina
para poder recordarla toda la vida,
y el sol cayó, ganador de nuestro juego.
Envuelta en el más profundo frío
que su ausencia provocó,
todo jersey era poco ante un refugio como el sol.
Apresuras los pasos, huyendo del frío
y recibes el premio al perdedor del juego previo.
Te das de bruces con la luna llena,
cada mes tu cómplice, que te ilumina y te turba,
dándose el lujo de iluminar tu más temida oscuridad.
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Que aún sabiendo de antemano que perderás, te tomes el lujo de querer recibir todo lo que esa perdida te aporta. Porque una vez que el frío y la negrura se esparcen a tu alrededor, sin saberlo aparece la luna llena, iluminándo tus miedos con su peculiar resplandor.
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MORALEJA: Perder, en muchas ocasiones, también es ganar.
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